Nona en el cielo con diamantes

Por Iván Wielikosielek

Nona en el cielo con diamantes 1
Nona en el cielo con diamantes

Ayer mientras enterraban a su abuela en el cementerio parque, Valentino se abrazaba a su padre. Era una mañana helada y el viento arremolinaba el rocío como si fuera nieve líquida. Supongo que Valentino se abrazaba a su padre porque tenía frío pero también y sobre todo, porque necesitaba un refugio ante esa nueva intemperie del espíritu; ante la aceptación de ese vacío tanto más cruel que el invierno. Valentino tiene doce años y sé que no se olvidará jamás de este día. Ni a los treinta ni a los sesenta ni a los noventa. Sé que recordará siempre a la chica de la funeraria leyendo un “réquiem” anónimo y sin dioses, de la carpa a la intemperie como una toldería saqueada por los indios, de las flores de plástico depositadas una por una sobre el cajón como lápices de colores sobre una canopla de madera y el beso que todos dejaron con la yema de los dedos. Y a su vez sé que su corazón de niño guardará como un sorprendente disco rígido, cientos de imágenes que nadie más vio. Al punto que si pudiéramos ver dentro de un tiempo el “powerpoint” que editó su corazón aquel 27 de septiembre del pasado, nos sorpenderíamos ante un videoclip único.

A todas estas cosas las pensaba abrazado a mi mujer. Y acaso en menor medida también queríamos decirnos con aquel abrazo que nos teníamos el uno al otro ante la inclemencia de la muerte, ante su viento arremolinado como la nieve, ante su llamada siempre inoportuna. Volví a pensar en el Vale y en su fábrica de futuros recuerdos. Y como una película cortada vino a mi cabeza el entierro de mi abuela Elsa. Fue en mil novecientos setenta y cuatro y yo apenas tenía tres años. Pero aún tengo la imagen de mis botitas de gamuza marrón caminando por la calle de tierra del pueblo. Voy tras un auto inmensamente largo y negro como nunca antes vi, un auto lustroso como el pelaje de un caballo mágico que se escapó de la noche. Es posible que vaya caminando al lado de mi madre o de mi abuelo, pero ninguno de los dos entra en el recuadro de mi película y ese es todo el recuerdo que guardo de aquel día. Las otras dos imágenes que me quedan y que mágicamente prevalecieron a lo largo de 46 años es la de mi abuela levantándome de las axilas para que haga pis en el inodoro y la de una siesta en que ella me canta una canción. No puedo recordar la letra ni la melodía pero sí el tono de su voz como si lo escuchara ahora mismo. Y sobre todas las cosas, el “clima” de aquella balada del pasado. Era como la bienvenida a un mundo de paz infinitamente ansiado, un lugar en el que ella siempre vivió y que a partir de aquella canción también empezaba a ser mío. Si muchas veces soporté la soledad en las ciudades, la falta de futuro y la tristeza de existir entre gente que al igual que yo se caía de a pedazos, mucho le debo a esa canción que me cantó mi abuela en alguna siesta del setenta y dos el setenta y tres; cuando yo aún no conocía las palabras de ninguna lengua.

Mucho tiempo después, cuando volví al pueblo tras la muerte de mi madre, su esposo ahora viudo me dio las cajas con las fotos familiares. Y entre esas ventanas en blanco y negro a los hechos del pasado, vi a mi abuela joven. Estaba en un bar, tomando una gaseosa en una mesa de madera con las aureolas de humedad de otros vasos y otras botellas (¿quiénes habían estado junto a ella? ¿quiénes se habían idio?) A su lado, un hombre de traje que me resultaba familiar sonreía a la cámara. Algunos me dijeron que era un primo pero nunca lo supe a ciencia cierta. Y en la otra punta de la mesa una chica que era pura luz sonreía a la cámara también, con una alegría que no puede pertenecer a los sentimientos de este mundo. Tampoco supe jamás quién era. Algunos en el pueblo me dieron un nombre, un abanico reducido de posibles identidades. Pero jamás lo pude corroborar. Apenas vi esa foto sentí que esa “ventana al pasado” estaba abierta para mí y que acaso no pertenecía al pasado sino al futuro. Porque esa escena era, ante todo, una bienvenida. Como aquella canción que me cantó mi abuela en una siesta que pertenece a la memoria y al olvido. Me imaginé que aquel lugar, seguramente algún bar de Ballesteros a principios del cuarenta, era como esos bares de las estaciones donde los parientes lo esperan a uno cuando llega el tren o en colectivo. Y me dije si mi abuela y esas otras dos personas no eran mi verdadera familia espiritual que había pasado por la tierra. Me dije si aquella foto no sería una clave secreta para decirme que en el mundo y más allá del mundo yo no estaba solo.

Ayer, cuando todos nos íbamos del cementerio, lo saludé a mi amigo Jorge y lo abracé al Vale, su hijo. Caro, su mamá, lo abrazó también y le dijo “ahora la nona te cuida desde el cielo porque está entre las estrellas”. Y a la noche Valentino escribió: “le pido a Dios que le diga a mi nona que la quiero”. Yo sonreí al comprobar que su espíritu de niño pensó exactamente lo mismo que pensé yo en el setenta y cuatro y que sigo pensando todavía.

A veces me pregunto si la gente sabe exactamente el momento en que va a morir. La mamá de Fabiana por ejemplo, dijo que la noche anterior había visto la Virgen parada en la punta de la cama. Y murió esa misma noche. (La enterraron en el mismo cementerio que a la nona de Vale y por eso es que ayer entendí doblemente sus lágrimas). Yo me imagino, o acaso quiero creer, que mi hora llegará cuando recupere la voz de mi abuela Elsa. La melodía de aquella canción que traspasó las edades y no se extinguió ni con los ruidos del mundo.

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