Un cuento de Héctor Massara, escritor piquense.
El anciano me sonreía, o tal vez era una mueca no muy simpática, burlona como mucho. Unos segundos antes su figura no existía, había allí un prado con pájaros, mariposas y murciélagos y un coro lejano de mujeres afinado y de voces algo cascadas. Viejas. Ahora el anciano me decía que era un Genio y yo le contestaba que no creía en un Genio de ropas desgastadas y uñas sucias. No me reconocí en ese comentario maleducado.
Las mariposas, pájaros y murciélagos volvieron, pero el viejo desarmó la ilusión con un flameo de su capa grasienta.
—Tres deseos —me dijo. Genio sin lámpara.
—Bien —le respondí mientras los enumeraba mentalmente.
—Sea —asintió sentencioso.
El prado de seres alados lo reemplazó nuevamente dejándome con la horrible sensación de no recordar los deseos pedidos y acaso otorgados.
—Que tengas un buen día.
La voz gangosa de sueño de mi esposa terminó de despertarme. La frase sin inflexiones, como armada de a pedazos no era creíble. O estaba siendo malo, como me sentía últimamente. O no había dicho nada y lo estaba imaginando. Parecía profundamente dormida.
Me vestí rápido. Mediascamisapantalón, zapatos. Lavado rápido de cara, dientes, perfume y peine descuidado. Ahora café recalentado y amargo. Nada como un café horrible para empujarte a la calle. El viento frío y una corte de hojas secas me acompañaron al Bar. El mozo tomó mi pedido mientras pensaba que era yo bastante descuidado en la elección de mi ropa.
—El hábito no hace al monje —le dije haciéndole apurar el paso. Algo espantado.
Tres cadetes de un correo tomaban sus leches. Adormecidos y malhumorados. Los tres dudaban en hacer un comentario sobre el partido de la noche anterior. Creían en un penal que no se cobró. No sé si los ayudé agitando mi cabeza negativamente. Los tres me putearon en silencio y sin bronca. Llamé al mozo para pagarle mientras canturreaba “me falla el corazón” en un intento de no escuchar lo que pensaba.
Afuera, un viento caprichoso del Este pegaba las hojas al cemento y hacía maldecir al diariero que resguardaba en un plástico sus noticias. Una mujer previsora con un impermeable increíblemente amarillo trataba de hojear el pasquín recién comprado y húmedo. Me miró al pasar y se comentó que yo estaba en buena forma y que el perfume era bueno. Acaso importado.
—Tabaco y maderas —le dije sorprendiéndola. Las mujeres suelen tener una percepción parecida a la de los gatos. Veloz y sesgada. Y apresurada. No estoy en buena forma.
Un vendedor de globos mira esperanzado el sol que llegará en un rato y les quitará el frío a unos niños que, todavía abrigados, utilizarán el playón para sus juegos. Tiene alegres pensamientos para ellos. Menos mal. Respiro aliviado. Un hombre pasa a mi lado a largos trancos, lleva un sombrero de fieltro oscuro y aprieta con su brazo un paraguas. Piensa atrocidades. Es un monstruo. Una deformidad inexplicable.
Tengo que llegar rápido al trabajo, el miedo aligera mis pasos y me lleva en trayectoria peligrosa y lineal para evitar nuevos encuentros. Podría cruzarme con un político, una prostituta, un cura, un vendedor de ilusiones religiosas. ¡Dios me libre!
El edificio de oficinas me espera. Gris y arrogante, con una bandera desfalleciente de humedad. Un anciano pide limosna en las escaleras. Me sonríe estirando una mano sarmentosa y de uñas sucias.
—Basta —le ruego mientras deposito mi billete de mayor valor en la palma arrugada.
—Sea —me responde burlón.
Empujo la pesada puerta giratoria que desaparece al viejo como si fuera una ilusión. Debo tener una apariencia extraña, porque todos en el recibidor me miran con curiosidad. Vaya a saber qué están pensando.