Rita Zigai o el amargo revés del periodismo

Por cada tapa de diario gritando su estridencia al mundo, hay una contratapa muda y silenciosa. Acaso sea el débil susurro de la única verdad que importa; esa nadie quiere oír en nombre de la que fabrican los medios. En un mundo donde las únicas noticias aparecen en portada, valga este breve homenaje a la mujer que, en una vieja película de Marco Bellocchio, le puso lágrimas y palabras a esa última página olvidada.

Era una película italiana de los años setenta (“Escrachen al monstruo en la primera página”) y hablaba de la guerra mediática entre la izquierda y la derecha en tiempos de elecciones. Allí, una estudiante llamada María Grazia aparece asesinada en una alcantarilla de Milán con inequívocos síntomas de violación. Y el diario de derecha de la ciudad, “Il Giornale”, decide “armar una causa” contra el “novio” de la víctima, un joven militante de izquierdas llamado Mario Boni.

Esa misma noche, el jefe de redacción, el “signore Bizani” (Gian María Volonté) visita a una mujer madura, Rita Zigai; es decir, la amante de Boni. Y es que “ella sabe” que Mario se vio con María Grazia durante la víspera. Y por soledad existencial y femenino despecho (el de haber emigrado del país de la juventud al reino de una madurez en el que ya nunca más será deseada) ha escrito una carta al “Giornale” diciendo (es decir, “mintiendo”) que posiblemente el asesino de la chica haya sido el propio Boni.

El “signore Bizani”, que sabe mejor que nadie lo jugosa que será esa falsa confesión, visita a la mujer en su búnker, un departamento oscuro con un póster del “Che” y música de Carlos Gardel por la radio e invita a la mujer a un bar. Y así, whisky de por medio, Rita Zigai lo confiesa todo. Es decir que no confiesa nada pero, por asco y por soledad, le dice a Bizani la mentira que vino a escuchar y, sobre todo, a registrar con su grabador de periodista; puesto que al otro día será la tapa del diario: “Joven militante de izquierda sería el asesino”. O sea, “Sbatti il mostro in prima pagina”, tal es el título del film en italiano.

De Italia a la Argentina medio siglo después

Y bien, en calidad de ciudadano argentino (es decir, en calidad de alma atravesada por idéntica guerra mediática entre la “supuesta izquierda” y la “declarada derecha”) yo debiera haberme interesado enormemente en el trasfondo social de esta película de 1972; en el modo en que los diarios le hacen “la cama” al rival político para sacar un “rédito proselitista” en tiempo de elecciones degradando la justicia de un país. Yo, que durante veinte años ejercí el periodismo, debí haberme interesado también en el “femicidio” con el que empieza el film y con el que, en nuestro país, empezamos cada día de nuestras vidas. Y sin embargo, no fue así. Porque para mí, el momento más conmovedor del film no tuvo nada que ver con el “tema principal” ni con la política ni con la “violencia de género” (como si cada asesinato no fuera un atentado contra el “género humano”). No. El momento más conmovedor tuvo que ver con una escena absolutamente secundaria y es el viaje de vuelta de aquel bar; aquel en que Bizani lleva a su entrevistada de nuevo a casa. Y entonces Rita, con alguna copa de más pero más triste que borracha, dice la frase más sentida de toda la cinta: “Sí… Para ellos el amor es algo decadente”. Y durante tres segundos se detiene el mundo.

Ese “ellos”, por cierto, es la joven militancia italiana de izquierdas para quienes “la revolución” está por encima del corazón. Y ese “algo decadente” es esa “mariconada” que, según “ellos”, hace que un hombre elija quedarse en su casa con su familia antes de tomar las armas y hacer la revolución.

“Sí… Para ellos el amor es decadente” vuelve a decir Rita Zigai en mi recuerdo. Y sospecho que lo seguirá diciendo hasta el fin de mis días. Y Bizani, que conduce el coche en medio de los suburbios de Milán, ese Bizani que detesta y humilla a su esposa cada día de su vida, es muy probable que haya pensado para sus adentros: “No, mujer. El amor no es decadente. El amor es un negocio como el periodismo. Un negocio que te da tantas ganancias como falsear la verdad en la tapa del diario, como ser el jefe de redacción de un medio de ultra derecha o arreglar con los políticos antes de las elecciones… ¿Qué más da?”

Esa escena donde Rita Zigai confiesa su soledad hablando para nadie en el auto de Bizani, es Dostoievski al estado puro. Podría haber sido, incluso, la confesión de Sonia en “Crimen y castigo”, diciendo a nadie o a la cámara (es decir, a todos y a ninguno) por qué razón se prostituye y por qué, a pesar de todo, está locamente enamorada de Raskólnikov y quiere dejarlo todo para seguirlo hasta Siberia y convertirse en santa. O podría ser, también, la letra de un tango de Contursi, como aquel que dice: “ya no tiene pa´ponerse/ni zapatos ni vestido/anda enferma y el amigo/ no ha aportáo para el bulín” (“El motivo”) pero cantado en primera persona por la propia mujer desamparada.

Y así es como esa escena de apenas medio minuto se desprende del trasfondo político del film para tocar las cuerdas más sentidas del alma, mientras Rita Zigai habla en la oscuridad con la mirada perdida en el hondo bajo fondo.

En el país de las últimas cosas

Esa mirada, esa confesión, esa desnudez repentina de la mujer no es ideológica sino ontológica. Porque para Rita Zigai los hombres no se dividen en “hombres de izquierda” y “hombres de derecha” sino entre los que ponen el corazón por delante de la ideología. Los que saben que el amor está por encima de todo (la estirpe de los “Werther”) y los que piensan que “el amor es decadente” (la estirpe de los Mario Boni). Por eso, y aunque durante el film nunca supe el nombre de aquella actriz italiana, tuve unas ganas infinitas de abrazarla. Luego descubrí que se llamaba Laura Betti, que había nacido en el `27 y muerto en el 2004, acaso tan olvidada como la propia Rita Zigái que encarnó alguna vez. También que había sido cantante y actuado en varias películas de Pasolini; pero eso no me importó en absoluto. Porque su pequeño monólogo fue una fabulosa “verdad en escena”. Laura Betti no “hizo de Rita Zigai” sino que “fue” Rita Zigai durante ese maravilloso viaje de medio minuto en la noche. Y a pesar de su despecho femenino, fue la única persona que en todo el film pudo mirar por encima de la política y de su periodismo servil; esas dos máquinas de generar odio. Porque a pesar de sus libros revolucionarios y su pasado militante, a ella no le importaba Lenin ni Musolini, ni la lucha de clases ni “El capital”. A ella sólo le preocupaba la “metafísica del amor eterno”; es decir “El Banquete” de Platón y el Sermón de la Montaña. Y por eso me sentí infinitamente cercano a ella. Porque aunque mi cuerpo viva en un país tan parecido a la Italia de aquel film, supe que mi verdadera patria es esa desde la cual hablaba Rita Zigai en el auto de un extraño y en medio de la noche; ese país donde la ideología no es la tapa de los diarios y lo único que no es decadente es el amor.

Por Iván Wielikosielek

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