El talento emergente del señor tomás

Como aperitivo de su libro inaugural que está a punto de ser presentado en sociedad, la pluma del piquense Héctor Massara nos ofrece este breve relato.

El talento emergente del señor tomás

Malas épocas venían a la casa del Sr. Tomás, una jubilación malsana que menguaría sus recursos, una mujer maldiciente y agria que no lo entendería y dos hijos ya grandes, sin trabajo y sin mucha actitud para hallarlo. Cerró los ojos y deseó que el mundo acabara, deseó que las señoras oscuras que tocaban timbre el domingo y auguraban con una sonrisa metálica la llegada del Salvador tuvieran razón. Quizá ayudado por el cargado vermouth vespertino supo que si lo deseaba lo suficiente esto ocurriría. Hacía años que no probaba su extraña habilidad, la última vez, según recordaba fue en el año 1952. Parado en la terraza del caserón de Quilmes había visto la maligna luz que se acercaba a la Tierra, había calculado rápidamente la masa del meteoro con el simple método de hacer un cuenco con sus manos unidas y supo que el mismo acabaría con la humanidad. Imaginó entonces que la roca ígnea era una loza plana, la hizo rebotar en la atmósfera como una piedra en un estanque tranquilo y se fue a dormir silbando una tonadilla de moda. Los científicos hablaron, aún hoy lo hacen, del meteoro 1952 que desapareció misteriosamente.
Hoy, sesenta años después, muerta la inocencia, reemplazada por la desazón, la ira y el desencanto estaba nuevamente eligiendo entre la vida y la muerte. Cerró fuertemente los ojos y cuando se disponía a lograrlo cayó en cuenta que con el mundo desaparecerían su mujer, sus hijos y algunas pocas personas más que quería. Esto era inaceptable. Se propuso desear entonces que terminaran la maldad y la injusticia, tal vez él tenía algo de las dos. No estaba seguro, pero por las dudas…
Un deseo más módico pero no menos interesante era acabar con la mentira. Siempre había odiado a la mentira, ahora mismo, en la televisión un comentarista político trataba de convencerlo de que todo estaba más o menos bien. Cerró nuevamente los ojos con fuerza y deseó, deseó y deseó hasta que la expulsión del aire contenido lo obligó a respirar. Se suponía que, como aquella vez, el resultado sería instantáneo. O tal vez ya no tenía el talento. O quizá nunca lo había tenido y su recuerdo era sólo una fantasía de niño.
Al abrir los ojos, el comentarista carraspeó y tosió.Con el pañuelo morado de su traje limpió un profuso sudor de su frente y abandonó la cámara ante el estupor del presentador, el hombre se acercó profesionalmente al micrófono y comenzó a ensayar una disculpa que se quebró prontamente y mirando a los lados con desesperación huyó del encuadre. La cámara no trató de seguirlo, por lo que Tomás supuso que su operario también había abandonado su trabajo. La señal se debilitó y apareció una gráfica antigua de rayas verticales, horizontales y círculos que hacía tiempo no veía.
Estiró las piernas sintiendo la agradable amenaza de calambre que sería burlado. Su mujer entró con la merienda y con la voz de siempre anunció el mate cocido. Sólo que esta vez agregó que tenía edulcorante. Como si él no supiera que siempre lo traía.
Apuró el brebaje y salió al patio, sus hijos jugaban una partida de truco que nunca iba a terminar, incapaces de defender su juego.El menor balbuceaba una poética flor sin poder terminar la rima.
Los dos lo siguieron al patio, a lo lejos se escuchaban sirenas, maldiciones y dos explosiones sordas que provenían del cuartel y que el viento del Norte transportó vívidamente.
Su esposa gimió sin saber por qué. Los muchachos caminaron desconcertados detrás de él. Tomás sonrió y aspiró el dulce aroma de la huerta, arrancó un tomate chato y henchido y lo frotó en su manga. Lo mordió sintiendo que el jugo dulzón escaparía de su boca y tal vez mancharía la camisa blanca. Afuera el desorden aumentaba, a los ruidos se sumaban el olor a quemado y los llantos e insultos de voces vecinas y conocidas. El Sr. Tomás abrió sus brazos en una postura de patriarca bíblico, el jugo rojo escurría por su barba blanca. Su mujer cayó de rodillas, los párvulos maduros unieron sus palmas en actitud de rezo. El Sr. Tomás, con la voz profunda cargada de truenos, pontificó:
-Hacía tiempo que no comía un tomate tan rico.
Y era absolutamente cierto.

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