Hay muchos indicios que nos hablan de un nacimiento con buena estrella para Tierraplana, la publicación inaugural del piquense Héctor Massara que está llamada, según creemos, a renovar la novelística pampeana y a transformarse en un libro fundamental en la bibliografía provincial. Es el libro elegido por El Lobo Estepario para lanzarse como editorial. Su presentación, que se producirá a fines de mayo ya fue declarada de Interés Municipal.

Algunas cosas en la biografía de Héctor Massara sueñas extrañas, por ejemplo que se inaugure editorialmente recién en esta parte de su vida, y más extraño aún por estos lares es su comportamiento como escritor: busca la excelencia, y entiende que el editing es un factor primordial en esa búsqueda, trabajando a destajo en la corrección bajo un comportamiento minucioso. El encanto de un escritor es la primera diferencia, la segunda es su profesionalismo. Al reunir ambas bondades, creemos desde El Lobo Estepario y después de mucho buscar, que es el libro adecuado para presentarnos como editorial y para que encabece nuestra colección de narrativa que aquí inicia.
Ayer justamente recibíamos correspondencia de un escritor amigo, Iván Wielikosielek, quien nos hablaba de lo inesperados y felices que resultan estos acontecimientos en líneas generales, o que acaso son felices por ser tan olímpicamente inesperados. Este hecho refuerza una teoría acerca de la importancia potencial de los libros que se hacen en silencio. Un buen día alguien los amplifica y entonces todos dicen ¿y fue editado por aquí cerca? ¿cómo era que no nos dimos cuenta? Porque puede que haya mucha gente que sólo le dan importancia a los libros una vez amplificados por los altavoces de la publicidad; grandes o pequeños altavoces, no importa; pero mientras estos libros ya están rodando no sólo no paran la oreja sino que ni siquiera se ponen un estetoscopio y auscultan el libro para saber qué clase de latido los mueve por el mundo.
Trasuntamos el prólogo escrito por Eduardo Senac
Situada en La Pampa de los años 40, en Tierraplana se desenreda como pocas veces ese instintivo y aún misterioso placer por narrar. Ante todo hay que aclarar que los datos circunstanciales están tomados al azar y sólo corresponden a la imaginación del autor. Esos datos circunstanciales, como siempre, carecen de importancia en tanto son apenas calles laterales para que la historia circule.
Esta novela consigue la máxima ambición del género: ser un ojo por donde mirar el mundo de los hombres. No pueden asombrarnos las bajas pasiones y la escasa inteligencia que envuelve a los personajes. Simplemente son un muestrario de nuestras cualidades.
En verdad, sorprende que se trate del libro inaugural de Héctor Massara. Escribo sorpresivamente porque el dominio del texto no es experimental, como tampoco lo es la estructura general, que guarda algún juego con el tiempo. Sorprende además porque la presentación y la vida de los personajes es ardiente, porque la construcción párrafo a párrafo está sostenida por un ritmo narrativo intenso y a la vez extremadamente cuidado.
Como anotaba más arriba la novela está ubicada cuando aún éramos Territorio Nacional, la ambientación no tiene fisuras gracias a una documentación precisa. Por otra parte la titulación de los capítulos recuerda El Golem de Meyrink, pero en sí mismo se emparenta a los ciclos herméticos, donde toda imperfección y mediocridad se desvanece de a momentos. Nuestra disposición de ánimo cambia demasiado rápido y no alcanzamos a completar una visión del conjunto de los hombres y las leyes tácitas que lo rigen. Si la conducta humana es el hilo con que se teje esta historia, en su miscelánea dibuja una lectura elíptica que le agrega un nuevo valor.
Cada libro intenta encontrar una buena palabra. Éste tiene esa suerte y además consigue hablarle a la placentera luz que languidece en nuestros corazones. Esas dos exactitudes hacen que Tierraplana esté llamada a renovar la novelística pampeana. Es que si nuestra literatura oficial alcanza cierto sonido y compás, imaginemos ahora, como Goethe, a nuestros campos de antaño con el cielo rayado por gruesos relámpagos que esclarecen el horizonte. Y el ruido de sus truenos apagan la música.
Así escribe:
«… Pasaron así cinco años durante los cuales se enfrió un poco la relación íntima entre los socios, el campo necesitaba más de su presencia y su mujer lo presionaba, enrostrándole su escaso papel de padre y amenazándolo con irse a vivir a Buenos Aires con una tía materna.
La pelirroja había contribuido un poco con ese alejamiento, descuidando un poco su apariencia y abandonándose al buen comer y sobre todo a la bebida, la noticia de Roque de dejar de frecuentarse como amantes no necesitó de largas explicaciones ni diálogos lacrimosos, seguirían como socios virtuales, ya que el hombre no le reclamaba, ni le reclamaría ninguna utilidad, podía seguir utilizando el Bar sin límite de tiempo y con mucho tacto de parte del hombre, recibió en sus manos un grueso fajo de billetes grandes. Antes de que reaccionara, le dijo:
—No es un pago por los servicios prestados, es un agradecimiento por haberme permitido conocerte. —Había estado toda una tarde practicando la frase y esta pareció surtir el efecto deseado, la ahora regordeta pelirroja, con los ojos enrojecidos, le acaricio el rostro y lo besó suavemente en los labios… —C`est la vie —le dijo en un susurro… fue la única vez que la escuchó hablar en francés.
Esta vez el golpe de timón lo pegó Roque, pero fue tonto al pensar que la búsqueda lo llevaría a aguas calmas. La vida engaña por un tiempo mientras prepara sus artimañas. Toca aquí, corrige allá, destruye si lo desea, mientras observamos boquiabiertos su urdimbre.»