Un cuento de Paola Cervio

El Taller dictado en la Biblioteca Estrada sigue su prolífica tarea, produciendo y dando a conocer las palabras de la nueva literatura piquense. Pocos días atrás fue Héctor Massara, hoy es el turno de la narrativa de Paola Cervio, también armada de un estilo particular y potente, visual y elíptico a la vez, como se puede leer sobre el final.

Hundo mi cabeza en la almohada, el sol de agosto penetra las hendijas de la ventana, me muevo como una serpiente vertebra por vertebra sobre los resortes del colchón viejo. Miro el reloj y es temprano, vuelvo a enroscarme entre las sabanas solitarias.
La vida onírica me lleva a vos, el deseo fue puro, sin filtro. Me gustan los sueños que se elaboran en la cocina de mi abuela, con todas las sobras de la semana y algún ingrediente añejo que nadie sabe con certeza de que rama del árbol genealógico fue heredado. Un botón, la promoción de toallitas húmedas del farmacity, la pérdida de un bebe, un vecino barriendo la vereda, arena, una palabra dicha sobre los ladrillos de una pared bajo las luces trasnochadas, la piel, un inconsciente frondoso y en segundos estoy protagonizando una película de Buñuel.
Empiezo a contar para atrás la última vez que te vi. Hay quienes cuentan los años por los actos escolares de sus hijos, por romances, por viajes, yo organizo mis recuerdos por mudanzas. Pasabas por la vereda de mi casa, deshojando el almanaque la cuenta me da cinco años, dos mudanzas completas, mas media actual y otro tanto de aquella, cinco años como mínimo.
Una semana atrás me avisaste que venías hoy, te invité a cenar. Prometí cocinarte, el mayor don de amor según mi amiga Paulina. En mi familia, la comida siempre fue la manera más eficaz de estrangular las palabras, los manjares terapéuticos circulaban por toda la casa, creo que mi rebelión con el linaje sólo pude hacerla no cocinando y dejando que las sobras se pudran en la heladera.
Hago mis últimos movimientos, desenrosco mi cuerpo de las sábanas, estiro cada centímetro de mi ser y me levanto.
Ordeno la casa. Estoy en una encrucijada, no sé qué apariencia quiero lograr, si te estoy esperando o sos una visita más, como si supieras del desorden de mi vida cotidiana. Doblo la ropa, cambio las sabanas, limpio cada espacio de la casa que se pueda ver. La casa ordenada geométricamente para la ocasión.
Voy al almacén del barrio a comprar lo necesario para la cena. Vuelvo y saco del tercer cajón el cuchillo de cabeza de pájaro que me regalo mi padre, tengo los ingredientes en la mesada y en mi memoria guardo todo los consejos de cocina que alguna vez escuche.
El reloj marco la hora y no llegas. Para matar el tiempo afilo la herencia de mi padre.
Apareciste antes que el sol se asomara, estabas lindo atrás de las rejas y con la noche sobre tu espalda. Te invito a pasar, abro un vino y pongo la carne en la olla. Mi madre siempre decía “si queres que la carne se deshaga en la boca, hay que hervirla con leche”. Las palabras tejen telarañas sobre nuestras cabezas, nos enredamos en recuerdos en donde no estamos.
De la cocina suena la olla. Tanto ruido no debe ser bueno, levanto la tapa, la carne esta pálida, seca, como la soledad de un muerto que lleva varios días en la terraza de un edificio viejo. Recordé los consejos de mi primo Ricardo “la carne tierna se logra con agua, un caldito, fuego mínimo y mucho tiempo”.
Vuelvo a los sillones con otro vino entre mis manos y en ese momento me doy cuenta que tomamos para olvidar, recordar nos deja aún más solos.
Seguís hablando de vos, lo único que retengo de todo lo que decís, es que te gustan los grillos y que conmigo te reis. Seguís igual, te conozco, ahora un poquito más, los grillos es un dato nuevo.
Hago un movimiento estratégico y me siento cerca tuyo, me abrazas como esas parejas que automáticamente entienden el movimiento del otro, giro mi cabeza hacia tu hombro izquierdo, nuestros cuerpos llenos de recuerdos se reconocen.
Abro la olla, sal y pimienta a mi gusto. Te llevo a la cama. No hace falta usar el cuchillo, tampoco los dientes, la carne se deshace en mi boca, amaso tu espalda, mastico tu aliento, saboreo cada trozo de piel. Pedazos desaparecen entre mis dientes, chorrea tu cuerpo mientras lo lamo. Con tus restos me hago un nido.

Compartir

Autor

Avatar