Un paseo por la galería de la culpa

El teatro de Tato Pavlovsky ha sido una escritura de su cuerpo. Una narrativa de intensidades corporales. El cuerpo físico deviene en cuerpo poético y produce un teatro de estados, de contagio. En el escenario hay un hombre, una silla en la que está sentado, la luz. Un personaje que describe su tormentoso pasado, vivido durante la dictadura militar que sufrió nuestro país. Y al mismo tiempo que evoca a una hija que no le pertenece.
Potestad es una de las varias obras del dramaturgo argentino que se convirtió en un clásico. Como Paso de dos, Rojos globos rojos, La muerte de Marguerite Duras o Telarañas. El Grupo Municipal de Teatro Comodín salió a escena el último sábado en el Auditorio de MEDANO con esta pieza escrita en 1985 y que aborda el tema de la represión, la tortura y la desaparición de personas desde la óptica de un ex represor, mostrando su lado más humano. Una acción que se convierte en una gran metáfora sobre males que sufre nuestra sociedad como la hipocresía, la falta de solidaridad y el egoísmo.
Dirigida por el santarroseño Gabriel Peralta, el actor José Manuel Miranda utilizó sus cualidades para representar una historia real ocurrida en una época de barbarie, personificando un monólogo distorsionado en torno de un hombre torturado por sus recuerdos, que necesita ordenar su micromundo caótico para luego descubrirse en su doble identidad de víctima y de malhechor: un médico del servicio secreto que “adopta” una niña. Una mente tan torturada que no puede reconocer siquiera la verdadera memoria.
Miranda, que estuvo acompañado en un momento de la obra por el actor Leandro Ghiglione, supo introducirnos en ese ambiente de angustia y desesperación. Desde el principio narra detalladamente una tarde de sábado en la que ocurre el trágico hecho. Es un exrugbier, tiene 53 años y es un hombre que ama ilimitadamente a su mujer que se llama Ana María, y a su hija, Adriana. Su vida y su sufrimiento de alguna manera permite abrir la cortina a la más brutal época en la historia argentina.
En una charla con Lobo Estepario días antes del preestreno, Miranda había manifestado que ahora, después de 15 años de pertenencia a Comodín -es el único que se mantiene de ese grupo fundador-, y con esta obra, se sentía realmente un actor. Y lo suyo fue convincente. Nos paseó por una galería de la culpa. Los sentimientos atormentadores. Los autorreproches. Los fantasmas persecutorios. Las líneas de momentos transformadas en una maraña mental. Enfrentándonos a la realidad del otro y poniéndonos en su lugar. Mostrando su capacidad de destruir, de amar, de torturar y de sufrir. Esa sensación de lo horrible que es el parecido que hay en la cotidianeidad del torturador y la gente común. Esa misma idea teórica que Pavlovsky dijo leyó después en Hannah Arendt.

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Autor

Raúl Bertone