Presentamos una nueva entrega del escritor y periodista realiquense Luis González. En esta ocasión se trata de «El viejo», breve relato cuya construcción deja entrever las inquietudes profundas que trae consigo un corazón de idéntica caladura como el del querido Luis.
El viejo
Por Luis Matías González –
Seguramente no soy original al plantearlo, pero siempre me resultó atrapante la idea de la inmortalidad.
Al mundo el tema lo ha desvelado.
Vivir por siempre.
Un acto de codicia fascinante.
Perdurar.
Transitar indefinidamente.
¿Pero para qué?
¿Con qué sentido?
No morir, no dejar de existir, puede no ser una buena idea.
Puede ser una pena perpetua también.
Todo aquello que incluso en la imaginación se nos aparece como eterno, puede llegar a ser hastiante.
¿Eternos cómo? ¿Cuándo?
¿En qué parte de nuestra línea de tiempo?
¿Eternos niños o jóvenes y perdernos el maravilloso momento de ser padres?
¿Eternos adultos?
¿O eternos abuelos rozando la decrepitud?
¿Podríamos elegirlo?
Además, sabiendo que la muerte no nos acecharía de manera constante, entregarse fervorosamente sería para cualquiera.
Ni un solo pánfilo vacilaría en prometer hazañas a su amada si supiera que su vida no está en riesgo.
Los actos de arrojo pasarían a ser nimiedades.
Las valentías se pondrían bajo la lupa.
Y si conocemos la soberbia humana tal y como se palpa así, cuando nos sabemos finitos, imaginemos lo que seríamos sabiéndonos intermibables.
Caducarían no pocos trabajos. Los verdugos resultarían netamente ineficaces, por ejemplo.
Muchos alquimistas intentaron lograr el cometido.
No pocos relatos, desde tiempos inmemoriales, nos describen la variedad de elementos mezclados para llegar a la eternidad plena.
Los cuentos y leyendas hablan de algunos personajes históricos que lo habrían logrado, algo que, permitanmé, despierta en mí la incredulidad lisa y llana.
Es que cuando era chico conocí a un viejo que había llegado de Victorica y que se había instalado en una tapera de un campo realiquense cercano al matadero. A pocos metros de la ruta nacional 35.
Un par de amigos mayores decían que ese nombre no moriría nunca, que había encontrado la fórmula para sacarle la lengua a la muerte.
Cierto es que los elementos probatorios en los que se basaban no eran demasiado convincentes.
Decían que tenía desconocidos poderes, nombrando entre ellos la posibilidad de curar el empacho con un hilo, el sol con alguna taza, o algunos retorcijones con un plato lleno de agua y unas semillas de maíz.
También juraban que el tipo quitaba todo tipo de verrugas, haciendo vaya uno a saber qué cosas con unos pobres sapos.
A mi corta edad con ese par de datos casi me bastaba para, no solo creer que algo había de cierto, sino para temerle cuando alguna vez lo cruzaba en el pueblo buscando el pan en el centro o algunas menudencias en la carnicería.
Su apariencia ayudaba.
Lucía al menos como alguien para mí extraño.
Bien podía tratarse de un brujo que había logrado la conspiración que lo paseara por la historia de manera eterna.
Por su larga barba, su poco aseo, su silencio o al menos pocas palabras en las veces que lo había visto y su mirada penetrante y sumamente inquietante, aparentaba conocer los misterios de la vida.
Ya sé.
Los incrédulos dirán que esto no basta para aseverar que estamos ante un alquimista que alcanzó su propósito.
Aunque cuando uno es niño pueden pasársele por encima algunos detalles de rigor en este tipo de investigaciones.
En tiempos de niñez hasta podemos llegar a creer que existen monstruos acechantes debajo de la cama.
Una siesta de invierno, en la que el pueblo duerme, fuimos con tres amigos a inspeccionar la quinta en la que vivía.
Queríamos conocer qué hacía, saber cómo era su casa.
Lo hicimos con mucho temor por lo que podíamos encontrarnos en esa tapera oscura, tapada por numerosas y añosas plantas de gran tamaño.
Saltamos una tranquera que daba ingreso por el frente.
No se oían ruidos, ni se veían movimientos.
Habíamos llevado los cuatro sus respectivas gomeras por si el viejo nos encontraba.
Le diríamos que andábamos cazando si es que el miedo nos daba tiempo a decir algo.
Pasamos frente a la puerta de ingreso que se encontraba entreabierta, pero no nos animamos a espiar hacia adentro.
Seguimos por el costado hacia el fondo, donde había un gallinero con pocas gallinas dentro y un par de pequeños pollitos sueltos por el enorme patio.
Cuando miraba hacia el fondo una pequeña huerta que se adivinaba cercada por unos pastizales, escucho que mis amigos gritan y dejan el lugar corriendo despavoridos.
Al darme vuelta con la sangre helada, veo que el viejo estaba mirándome fijamente, aunque no tenía en su rostro muestras de enojo.
– «¿Qué hacés acá pibe?», me dijo.
Yo solo atiné a intentar decirle que nada, que estaba cazando, que… nada salió de mi boca.
– «¿Qué te pasa? ¿No me tengas miedo? No comí a ningún nene todavía». Y rió a medias.
Fue todo lo que necesité para tranquilizarme un poco.
Y preguntarle.
– Dicen que usted es inmortal, que es eterno. Que tiene muchísimos años y no morirá jamás porque encontró el gran secreto.
Lo dije temblando e incluso seguramente con palabras acordes a mi corta edad, no con éstas.
El viejo rió, pero se notaba tristeza en sus ojos.
– «¿Eso te preocupa? No. Para dejarte tranquilo puedo decirte que lejos de esquivar la muerte, a mí me venció hace un tiempo.
Cuando murió mi gran amor, mi vida dejó de tener sentido.
La muerte es una cuestión de almas, no de cuerpos».
Y agregó, por si hiciese falta decir algo mas:
«Lo han intentado numerosas, numerosísimas veces a lo largo de la historia universal miles de ingenuos que han terminado castigados por ese pecado.
No existe la vida eterna.
Lo único eterno es el amor».
No dije nada más. Agarré mi bicicleta y me fui. Pensando.
Sabiendo que aunque él lo hubiese negado con un hermoso argumento, yo había estado ante alguien que había logrado la eternidad plena.
Cuando me encontré con mis amigos y me preguntaron sobre lo ocurrido cuando ellos escaparon, solo dije que había repetido lo ensayado previamente y que el viejo solo me había reprendido cariñosamente.
«Cazar es de zonzos, deje esa gomera y busque un pasatiempo que embellezca el alma», les mentí que me había dicho. Aunque quizás lo dije con otras palabras, acordes también a mi corta edad.