Mi planta de Naranja lima en tiempos actuales

Por Maria Virginia Figal

 
No tiene ISBN ni prólogo. No figura en catálogos literarios. Lo conocí en el aula, y después lo volví a encontrar muchas veces. No es uno: son varios. Cambian de nombre, de barrio, de escuela. Pero hay algo que se repite, en vez de una planta, como Zezé, Carlitos tiene un perro, habla con él, le cuanta sus tristezas y preocupaciones.
Cuando la casa se vuelve demasiado ruidosa, cuando la discusión adulta ocupa todo el aire, cuando la mirada de los mayores no alcanza o llega con dureza, Carlitos sale al patio y le habla al perro. No es un juego ingenuo. Es una conversación seria. Allí puede decir lo que no dice en voz alta. Allí no hay juicio, ni burla, ni castigo.
“Él sí entiende”, me dijo una vez uno de los tantos Carlitos que se cruzaron en mi vida.
Mucho antes de conocer a Carlitos, la literatura latinoamericana ya había narrado esa escena bajo otra forma. En Mi planta de naranja-lima, de José Mauro de Vasconcelos, Zezé transforma una planta en su interlocutora. La planta escucha lo que los adultos no escuchan. La planta recibe lo que el entorno familiar no puede contener. La imaginación se convierte en refugio y resistencia.
Zezé le habla a una planta. Carlitos le habla a un perro.
Ambos crean un otro cuando el adulto no logra sostener.
La literatura no exagera cuando presenta estos diálogos con lo no humano. Más bien revela algo esencial: la creatividad del psiquismo infantil frente al desamparo. Cuando el vínculo primario es frágil, el niño no se queda sin recursos. Construye sustituciones. Ensaya adaptaciones.
Desde la Psicología Social sabemos que la subjetividad se configura en tramas vinculares tempranas. Nadie aprende a estar en el mundo en soledad. Se aprende en relación. Pero cuando esa relación es inestable, violenta o insuficiente, el niño debe organizar respuestas para no quebrarse. Algunos lo hacen imaginando; otros, endureciéndose. Todos intentan adaptarse sin desaparecer.
Zezé es sensibilidad extrema. Su fantasía suaviza el golpe.
Carlitos es precocidad. Su ironía lo protege.
En uno, la ternura busca un cauce vegetal.
En el otro, la lealtad animal sostiene lo que el adulto no logra.


Ambos, sin embargo, revelan una misma pregunta: ¿qué matrices estamos construyendo para nuestros niños?
No se trata únicamente de pobreza material, aunque esta exista. Se trata de vulnerabilidad afectiva. De adultos agotados, ausentes o atravesados por sus propias precariedades. De entornos donde la infancia aprende demasiado pronto a defenderse.
La literatura tiene una función silenciosa pero poderosa: anticipa lo que la sociedad todavía no quiere mirar. Zezé no es solo un personaje entrañable; es un síntoma narrado. Carlitos no es solo experiencia docente; es una recurrencia social.
Hoy, la intemperie infantil puede adoptar nuevas formas. Puede no ser solo la falta de pan, sino la falta de tiempo, de escucha, de sostén simbólico. Puede manifestarse en la soledad hiperconectada, en la exposición temprana a la violencia verbal o digital, en la fragilidad de los lazos.
La pregunta no es si existen Zezés o Carlitos. La pregunta es qué hacemos cuando los reconocemos.
La planta y el perro no son detalles anecdóticos. Son metáforas de un diálogo que no encontró lugar en el mundo adulto.
Tal vez la literatura, y también la práctica educativa, nos estén diciendo lo mismo: allí donde el niño habla con lo que no juzga, hay una ausencia que merece ser pensada.

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